—Cariño, odio planchar —dijo él el día que decidieron vivir juntos —Yo puedo encargarme de las tareas que menos te gusten de la casa, pero solo te pido una cosa: que planches tú las camisas.
Ese fue el acuerdo al que llegaron hace cinco años. A ella le pareció un trato justo.
Él era banquero. Su trabajo exigía una imagen impecable: traje, zapatos limpios y, sobre todo, camisas perfectamente planchadas. Ella se encargaba de eso. Al principio, él se lo agradecía. Después, se acostumbró. Y finalmente, dejó de valorarlo.
La rutina picó la puerta y él la dejó entrar.
Llegaron las reuniones importantes, las cenas con ejecutivos, las jornadas interminables. Su carrera empezó a despegar y, con ella, las responsabilidades.
Cada mañana salía de casa con una camisa perfectamente planchada. Sus compañeros lo notaban.
—Estás siempre impecable.
Y él sonreía orgulloso.
Las camisas planchadas le daban seguridad. Le hacían sentirse preparado, profesional, importante. Y, como un efecto dominó, empezaron a llegar los ascensos: más reuniones, más cenas, más contactos. Su vida profesional iba cada vez mejor.
Su vida personal, en cambio, se estaba quedando en segundo plano. Aunque él no lo veía así.
Esto lo estoy construyendo para los dos, pensaba. Ella tiene que entenderlo.
Mi éxito también es su éxito, se repetía.
No se dio cuenta de que ella llevaba tiempo sintiéndose invisible.
Por eso, cuando un amor del pasado picó la puerta, ella lo dejó entrar.
Un día ella le dijo:
—Creo que mi ex intenta recuperarme.
—Pobre infeliz —dijo él riéndose mientras se abotonaba la camisa planchada.
Le plantó un beso y se fue a trabajar.
A él nunca le preocupó que aquel fantasma del pasado pudiera convertirse en una amenaza. Se sentía seguro. El éxito que estaba construyendo era para los dos. No entendió que aquella frase no era una noticia. Era una pregunta silenciosa:
¿Te importa perderme? ¿Tan poco me valoras?
Ella esperaba una reacción. Algo que le demostrara que él seguía eligiéndola. Pero no vio nada.
En silencio, algo se fue agrietando. Ella hablaba menos. Se reía menos. Estaba distante. Ya no buscaba su compañía como antes. Él pensó que solo estaban pasando por una mala racha.
Y entonces ocurrió.
Una noche, abrió el armario, pero no había camisas preparadas. Fue hacia el sofá donde estaba ella.
—¿Podrías dejarme una camisa planchada para mañana?
—He decidido que no voy a plancharte más la ropa —dijo ella con una frialdad que jamás había visto en ella.
Él se quedó inmóvil. Tenían un trato pactado: ella plancharía y él se encargaría de las tareas que ella no quisiera hacer.
Yo estoy cumpliendo, ¿por qué ella de repente no? fueron sus primeros pensamientos.
Yo odio planchar y ella lo sabe, se dijo.
Y, mientras le sostenía la mirada, comprendió que aquella no era una discusión sobre una camisa.
Era el final de algo.
Aun así, intentó salvar la relación. Era la una de la madrugada cuando le preguntó:
—¿Hay alguien más? —Pensó en el fantasma.
Ella le devolvió una mirada vacía.
—¿A estas alturas es relevante?
Ella se fue. Él se quedó solo en aquel piso que habían construido juntos.
Durante las primeras semanas, todo permaneció exactamente en el mismo sitio. Nadie había tenido el valor de mover nada.
La plancha seguía allí, acumulando polvo. Al principio intentó usarla. Puso una camisa arrugada sobre la tabla e intentó imitar el mismo gesto que ella había repetido cientos de veces.
Pero no pudo.
No solo porque odiara planchar, ahora la plancha le recordaba a ella. Así que la guardó en un armario, junto a las camisas.
Con el tiempo, aquel piso empezó a resultarle extraño. Todo seguía en su sitio, pero el piso ya no le parecía el mismo.
Una mañana, antes de salir a trabajar, se percató de que algunas plantas del salón empezaban a marchitarse.
¿Desde cuando tenemos plantas? Se preguntó.
Mientras las regaba, levantó la mirada y observó las fotografías de las paredes, los cojines, los pequeños objetos que llenaban las estanterías… De repente lo comprendió. Todo aquello siempre había estado allí. Él simplemente nunca se había detenido a mirarlo.
Ella estaba construyendo un hogar para los dos.
Apagó la luz del salón, se ajustó el polo en la entrada y se fue a trabajar.

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