Sara Iren

Blog personal creativo. Lo demás está entre líneas.

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Cómo acabé mandándole GIFs a mi jefe

Estaremos de acuerdo en que hay un momento incómodo en el trabajo: cuando tu jefe te escribe por el chat de la empresa. Es una reacción involuntaria. En cuanto aparece la notificación de Teams —y ves que el primer mensaje es un simple «Hola»—, incluso antes de abrirlo, ya estás repasando las últimas cagadas. ¿Qué querrá?, ¿He hecho algo mal? Son preguntas que uno no puede evitar. Entras en alerta, como si tuvieras que defenderte de algo que aún no sabes de qué se trata.

Y entonces haces lo más inteligente: esperar. Porque ese «Hola» nunca viene solo. Sabes que no saluda para preguntarte qué tal estás. Esperas a que llegue el siguiente mensaje, a que te dé una pista de si está enfadado, tranquilo o de buen humor. Y, con un poco de suerte, saber cómo terminar la conversación y hacer como que esto nunca ocurrió.

En momentos así me acuerdo de un compañero que decía que en el trabajo hay que trazar una línea clara entre el jefe y el empleado. Que, al final, cada uno tiene sus intereses y algún día dejarán de coincidir. Que la relación debe ser estrictamente profesional. Tu jefe no es tu amigo, vamos. En teoría, tiene sentido. Sé que la tiene. Solo que, mientras lo escuchaba, no podía evitar pensar que hacía poco yo le había mandado a mi jefe un audio cantándole a pleno pulmón «japi birdai tu iuu» por su cumpleaños. Así, en un inglés horrible.

Así que sí, la línea está. Otra cosa es dónde la haya trazado yo.

Y ahí estoy yo, delante del ordenador, cuando aparece un mensaje de mi jefe: «Hola, Sara».

Y nada más.

Ese tipo de saludo que se queda flotando en el aire. Sin segunda frase. Un «Hola, Sara» y luego silencio… Muy típico de él. Me divierte imaginarmelo delante del ordenador, enviando saludos a sus empleados para crear confusión y así echar la mañana. Sería una pequeña tortura psicológica. Ya han pasado un par de minutos y no llega nada más. ¿Y ahora qué?

Así que, decido echarle un cable: «¡Hola, jefe!».

Sí, soy de las que contestan con entusiasmo. ¿Qué se le va a hacer? Tampoco le va a sorprender: hablamos del mismo jefe al que le canté «japi birdai tu iuu» hace dos meses. A estas alturas, esto es casi formal. Pasan los segundos que se me hacen largos y sigue sin decirme nada. Veo que escribe y, por lo que tarda, diría que se le ha olvidado qué quería decirme. Que me diga lo que tenga que decir, porque tampoco una tiene todo el día para vivir en suspense.

Al rato aparece el siguiente mensaje:

«Al final el tema del segundo móvil se ha quedado en el aire, ¿no?»

Y ahí empieza el pequeño rompecabezas mental. Sé de qué me está hablando. Hacía un par de meses que le pedí un móvil para el departamento que él aprobó. Sin embargo, fueron pasando las semanas y no tuve más noticias por su parte. Vuelvo a leer su mensaje.

Pero esta frase… ¿Qué es exactamente?

¿Una pregunta?
¿Un comentario?
¿Una forma elegante de decir «esto debería estar resuelto y por qué no lo gestionaste ya, Sara»?

Por lo que respondí con lo único que tenía claro:

«Me diste la opción de escoger móvil o tablet y escogí móvil. Y ahí se quedó la cosa.»

Si me voy a llevar una bronca necesitaré más información que eso. Porque hasta donde alcanza mi memoria la pelota estaba en su tejado. Me desentiendo del chat e intento seguir trabajando, pero la frase se queda dando vueltas en mi cabeza. Ese «¿no?» es lo que me deja intranquila.

¿Busca confirmación? 
¿Complicidad?
¿Culpables?

Un momento después escribe:

«Ya, ya. Busqué compañías y encontré dos ofertas pero no tengo dispositivo.»

Y de nuevo estudio la pantalla.

Un momento… ¿se está justificando? No entiendo nada.

Si se está disculpando porque dejó el tema aparcado, yo le perdono. Sin rencores. Porque si esto le ha quitado el sueño en las últimas semanas, sería capaz de ir a su casa a arroparlo con tal de que no vuelva a jugar así con mi sistema nervioso. Respiro porque entiendo que no está enfadado conmigo.

El problema es que sigo sin saber qué hacer con esa información. ¿Qué espera de mí?

¿Una idea?
¿Una solución?
¿Un «gracias por compartirlo»?

Debo pensarlo bien antes de escribir. Debo recordar que es mi jefe y que no es mi amigo como diría mi compañero de trabajo. Por lo que le contesto con algo neutro cargado de «Te perdono. Sigue con tu vida» entre líneas para su tranquilidad:

«Vale, pues esperamos.»

Lo envío y quedo satisfecha sonriendo a la pantalla. Sí, creo que lo he bordado. Es una respuesta educada, segura y de las que cierran la conversación. Suspiro aliviada, cierro el Teams y sigo trabajando sabiendo que el mal rato ya ha pasado.

Pero en seguida veo una notificación suya.

¿Por qué? ¿Alguien me lo explica? ¿Qué más me puede decir?

Abro el chat.

«Estoy esperando a que la empresa me financie un nuevo móvil para mí y te doy el iPhone 15 Pro Max que tengo.»

Vale, esto sí que no me lo esperaba. Me encantó la franqueza con la que me respondió y como respuesta le respondí con mi naturalidad. Sin analizar nada. Tecleo con rapidez, le doy al enter.

«Dime a quién hay que sobornar que yo muevo ficha.» Escribí agregando un GIF de Phoebe de Friends.

Miro la pantalla y las palabras de mi compañero resuenan en mi cabeza. «Tu jefe no es tu amigo, vamos». ¿La he cagado?, pienso. Sí, ya sé que le canté el «japi birdai tu iuu» y que sabe cómo soy, pero eso siempre es fuera de horario laboral. Esa es la única norma que respeto.

Vuelvo a mirar la pantalla. Todavía no ha reaccionado a mi mensaje.

¿Y si lo elimino? ¿O lo edito? Coqueteo con esas ideas. Pero ¿cómo lo justificaría? Sería peor. Es mejor dejar las cosas como están y afrontar las consecuencias.

Me preparo para el: «Este no es lugar ni momento para hacer bromas, Sara».

Y finalmente responde con un simple:

🤣

Y no voy a exagerar, pero en ese momento sentí una satisfacción absurda. Fui a ver a mi compañero y le dije:

—Que sepas que el jefe y yo somos besties.

Se rió incrédulo.

—Yo flipo contigo —dice—. Jamás se me ocurriría hacerle una broma al jefe y mucho menos enviarle un GIF, porque queda poco profesional. Pero, bueno, tampoco es cuestión de que dejes de ser tú misma.

Ser yo misma.

Sí, supongo que es algo que no puedo evitar: inventarme el protocolo de la empresa. No sé si llegará un día en que gestione mejor los chats con mi jefe, pero al menos ahora sé que puedo mandar un GIF y seguir teniendo trabajo. En el fondo siento que si no hago movimientos bruscos un día seremos oficialmente besties. Hoy ha sido un GIF; mañana será un «¿viste el reel que te envié por Instagram?». Por supuesto, reels profesionales. Uno debe mantener la profesionalidad en todo momento con su jefe.

8 respuestas a «Cómo acabé mandándole GIFs a mi jefe»

  1. Avatar de Eren
    Eren

    JAJAJAJA me ha encantado. Me he sentido muy reflejada con mi jefe.. Suele hacer cosas similares.
    Me quedo con ganas de más historias.

    1. Avatar de Sara Iren

      ¡Gracias por leerme! El miércoles que viene subo otro🥰

  2. Avatar de Mireia Surroca
    Mireia Surroca

    Me encanta cómo de una anécdota aparentemente sin mucha historia más de fondo, has creado un relato que además en todo momento me ha tenido enganchada. Me pregunto, de qué tema será el próximo. Espero ver más publicaciones!

    1. Avatar de Sara Iren

      ¡Me alegra un montón que te haya gustado! Ojalá esté a la altura con los siguientes 🥰

  3. Avatar de Nuria ElOuri
    Nuria ElOuri

    Quería leer un trozo y dejar el resto para más tarde, pero no he podido parar hasta el final 😂 Necesitaba saber cómo iba a terminar esto 💯

    1. Avatar de Sara Iren

      ¡Esto es gasolina para mi creatividad! Muchas gracias por tu comentario 😍

  4. Avatar de Nery
    Nery

    Queremos más historias!
    Me he divertido bastante con la anécdota xD

    1. Avatar de Sara Iren

      Hahahaha ¡Me animas mucho! El miércoles subo una anécdota nueva 🫶

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