Sara Iren

Blog personal creativo. Lo demás está entre líneas.

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Después de Lucifer

Hay historias que te obligan a convertirte en alguien diferente. Como si, de alguna forma, tu papel ya estuviera escrito, y tú solo fueras descubriendo el personaje a medida que avanzan las escenas. Intentas cambiar algunas cosas, evitar ciertos finales, pero hay secuencias que parecen empeñadas en encontrarte igual. ¿Estaba escrito en el guion o fue una mala improvisación? te acabas preguntando.

Supongo que la decisión está en el espectador: algunos lo llamarían destino; otros, tragedia.

Sin embargo, llevo días dándole vueltas a esas escenas. Quizá por eso hacen tanto ruido en mi cabeza. O quizá porque hace demasiado tiempo que no escribo. Y es que me conozco demasiado bien. Soy capaz de crear cien pensamientos por minuto y, si no los escribo, mi mente acaba convirtiéndose en una cárcel de voces donde todos hablan al mismo tiempo.

Hasta que las agrupo y las pongo por escrito.

Por eso escribo un diario. Porque escribir me libera de aquello que ahoga y me reconcilia con los buenos recuerdos. Si no lo hiciera, mi mente me jugaría malas pasadas: aceptar planes a los que no quería ir, discutir cosas que ni siquiera me importan o quedarme despierta hasta las tres de la mañana rebobinando conversaciones antiguas, convencida de que esta vez encontraré una respuesta diferente.

Escribir me ordena.

Curiosamente, la vida prefiere mantenerse caótica. Dicen que con el tiempo entiendes por qué las cosas debían suceder así. La pregunta es: ¿cuánto tiempo es «con el tiempo»? Solo sabes que hubo un punto de inicio… aunque casi nunca coincide con el que recuerdas cuando todo se rompe.

Todo empezó cuando alguien llamó a mi puerta. Un ángel del pasado. Alguien con quien compartes una historia inacabada. Como una canción que no escuchas desde hace tiempo y aun así la reconoces en la primera nota.

Le dejas entrar, le das tu tiempo, escribís nuevos comienzos… Y entonces sucede lo inevitable: te permites soñar. Fantaseas con que esta vez sí. Con que la historia podría tener otro final. Con que no fueron las personas las que fallaron, sino las circunstancias. Y, casi sin darte cuenta, empiezas a desear una segunda oportunidad.

Debería haber tenido más cuidado con lo que deseaba.

Sin embargo, de eso no te das cuenta hasta que poco a poco, desde la distancia, sin ruido y sin necesidad de grandes gestos, se le va cayendo la máscara. Empiezas a comprender quién tienes delante. Y es que a esa persona no le hace falta mucho. No necesita gritar, ni estar, ni siquiera tocarte: le basta con aparecer en escena para dejarte una cicatriz emocional que no sabes muy bien cuándo empezó a escribirse.

Y entonces descubres su verdadero nombre. No era solo un ángel. Era un ángel caído.

Lucifer.

Lo peor no es el dolor. Eso se supera. Lo peor es dejar que su cicatriz empiece a decidir por ti. Te equivocas, te ciegas, dudas de ti misma, pero aprendes a avanzar y rezas para empezar un nueva temporada. Así que avanzas, con la convicción de que algunas respuestas ya están escritas en otra escena que le dará todo más sentido. Y de repente la vida te presenta a alguien sin aviso.

Alguien extrañamente familiar.

Sabes que no se trata de la misma persona. Tiene otro nombre, otra historia, otra forma de estar en el mundo. Pero hay algo en él que te lo hace recordar. No es el mismo rostro, pero sí la misma canción. La misma manera de mirar, de callar, de quedarse, de hacer reír.

Es como si la vida hubiera repetido esa escena con otro actor.

Te acercas a él y quieres conocerle. Saber qué es lo que hace que te resulte tan familiar. Porque, de algún modo, tienes frente a ti el eco de Lucifer antes de caer. Su versión intacta. Su antes de la herida. Su antes de convertirse en aquello que te rompió. Solo que en esta versión sabía amar. Te quería bien. Sin fisuras, sin juegos, sin caída.

Y te dejas llevar. Construyes vuestros códigos internos, vives momentos tiernos, le abrazas con la misma intensidad que habías deseado hacer con él y que nunca pudo ser. Aún así, en esta historia hay risas, ligereza, regalos fuera de fechas, y la extraña calma de quien empieza a creer que quizá la vida le está ofreciendo una segunda oportunidad.

Pero no podías sentirlo.

No amor. No de esa forma.

No importaba lo mucho que lo intentaras. No consigues hacer el clic. Y después de haber conocido la cara del dolor, te dices que no quieres arrastrar a nadie contigo mientras intentas entenderte.

Así que lo protegí de ti.

Te juras que no clavarías la misma puñalada que recibiste. Que serías sincera. Que tendrías las conversaciones incómodas que hicieran falta. Que le darías la verdad, aunque doliera, para que pudiera seguir adelante sin cargar con una herida que no le pertenecía.

Sin embargo, algo no funcionó. Y así es como aprendí algo de Lucifer.

Que a veces no hace falta ser mala para hacer daño. Y que a veces, intentando hacer el bien, terminas rompiendo algo igual.

Entonces te convertiste en alguien que no eres. No por él, sino para él.

Alguien distante. Alguien frío. Alguien fácil de olvidar.

Y desapareces.

Ahora que te has acostumbrado al papel de la villana, Lucifer vuelve a llamar a tu puerta. Quiere entrar. Ser el coprotagonista de tu historia. Dice que esta vez será diferente.

Y tiene razón.

Porque ya no eres la misma persona que abrió la puerta la primera vez.

Ya conoces el peso de ciertas decisiones. Sabes lo que es romper algo que no querías romper. Sabes que no hace falta ser un monstruo para dejar una cicatriz.

Te mira rumiar con una sonrisa en los labios. Está esperando una respuesta. Tú sostienes el pomo de la puerta.

Por un momento, piensas en cerrarla. Y a la vez, coqueteas con la idea de dejarle entrar. Ya no sabes si abrirle la puerta significa enfrentarte a él o enfrentarte a ti.

—¿Puedo pasar?— Vuelve a preguntar.

La pregunta queda suspendida entre los dos. Y entiendes algo que no habías entendido en todos estos años Lucifer no fue el final de la historia.

Fue el punto de inflexión.

La persona que eras antes de él ya no existe. La que soñaba sin miedo. La que confundía intención con consecuencia. La que creía que las heridas solo las causaban los villanos.

Observas la puerta abierta. Observas a Lucifer. Y observas a la desconocida en la que te has convertido.

En la mujer que te has convertido después de Lucifer.

2 respuestas a «Después de Lucifer»

  1. Avatar de Steve
    Steve

    Deep. Relatable.
    Me encanta ♡

    1. Avatar de Sara Iren

      ¡Mil gracias por tu comentario! =D

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