Aprendí a no esperar nada de los regalos, pero guardo cada detalle como un tesoro. Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que saber regalar es una habilidad rarísima. Nunca llegué a imaginar que hay personas capaces de descolocarte emocionalmente con un simple papel de regalo. De esos que ves y por la forma… ya desconfías. Con los años he descubierto que existen, al menos, tres tipos de regalos: los improvisados, los equivocados y los inquietantes.
Los improvisados son fáciles de identificar. Tienen esa estética de «esto lo vi y pensé en ti sin pensarlo mucho». El clásico regalo de una taza con una frase emocional genérica. Los equivocados son más creativos: parten de una lectura superficial de ti y te construyen una nueva identidad. Un día comentas que te gustaría visitar Japón y acabas recibiendo un set de palillos, guías para preparar sushi en tres pasos y un libro de «cómo vivir como un japonés en casa». Y los inquietantes… esos son los que te hacen preguntarte desde cuándo alguien tiene esa información. Te regalan un objeto decorativo que combina a la perfección con tu casa… a la que nunca han entrado.
Yo tengo la hipótesis —avalada por ninguna investigación, pero dicha con bastante convicción— de que cuanto más expresiva eres, más probabilidades hay de recibir regalos equivocados. Es curioso, porque da igual el tiempo que pases con alguien, lo mucho que te expliques o lo que muestres de ti: siempre hay espacio para la interpretación. Y al final acabas preguntándote lo mismo:
«¿Qué versión de mí vive en tu cabeza?».
Al principio me enfadaba bastante. No entendía por qué alguien se esforzaba en equivocarse con tanta seguridad. Para mí, un regalo era algo bastante simple: un detalle bonito que habla de los momentos compartidos, no un recordatorio envuelto en papel de lo poco que te han entendido. Hasta que hablando y compartiendo experiencias con más personas, me di cuenta de algo incómodo:
yo también había colaborado activamente en el desastre.
No hace falta tener un máster para darse cuenta de que soy una persona bastante happy flower, muy de bromas absurdas y con una tolerancia preocupante al ridículo. Y claro, de alguna forma, esa imagen que transmito me convierte en la embajadora no oficial de la marca Mr. Wonderful. Así fue como acabé recibiendo un bolígrafo con una rana sonriente como regalo.
Spoiler: no soy fan de lo kawaii.
Tampoco me gustan las ranas. Nunca hablo de ranas.
Pero mencioné que me gustaba el verde.
Lo mismo pasó con los peluches. Admito que me gustan los abrazos. Si eres una de mis personas de confianza, probablemente intentaría robarte uno cada cinco minutos. Y sí, también duermo abrazada a mi cojín. No sé exactamente en qué momento varias personas decidieron convertir esa información en: «A Sara claramente le faltan peluches».
Y así fue como mi cama empezó a parecer una guardería emocional.
A ver, no odio los peluches. Si vienen con una historia puedo cogerles muchísimo cariño. Pero una cosa es tener uno especial y otra muy distinta es tener que apartar peluches cada noche para encontrar mi cojín.
Recuerdo que un día mi madre entró en mi habitación, miró alrededor y preguntó:
—Sara, ¿de dónde salen tantos peluches?
Y yo levanté una mano en señal de rendición.
—Es una historia complicada, mamá.
Porque lo era.
Y luego están los libros. El problema es que los últimos que recomendé eran buenísimos. Intensos, incómodos, de esos que te dejan pensando. Me pasé un buen rato explicando por qué me gustaban las historias así: complejas, bien escritas y un poco perturbadoras.
De verdad, no fui consciente hasta que, para mi cumpleaños, alguien decidió ampliar mi biblioteca.
—Seguro que estos libros te gustarán porque va de pederastas.
—¿Cómo dices?
—Sí, como los últimos que me contaste. Eran de pederastas, ¿no? Así que pensé que te encantarían.
No.
A Sara le gustan los thrillers psicológicos bien escritos. Las historias incómodas. Los personajes que te dejan pensando. Pero ya era demasiado tarde para matizar eso.
Durante mucho tiempo llegué a pensar que el problema era que no se molestaban en entenderte de verdad. Que cada taza absurda, cada peluche inesperado o cada libro mal elegido eran pequeñas pruebas de que no terminaban de entenderme. Y claro, así era difícil que acertaran con los regalos.
Hasta que entendí algo bastante simple: no te regalan por quién eres, sino por cómo te perciben.
Porque, si lo piensas bien, cada regalo dice más de quien lo da que de quien lo recibe. Y, en el fondo, un regalo equivocado también es una forma bastante honesta de decirte cómo te ven.
Esa idea me gustó. Así que lo convertí en mi juego personal.
Empecé a preguntarme qué versión mía vivía en la cabeza de los demás: ¿la experta en té solo porque me ven con una taza de manzanilla? ¿La que medita cada día porque tengo una vela decorativa que nunca he encendido? ¿La fan del autocuidado porque un día compré una crema en rebajas?
Y, sinceramente, imaginarme todas esas versiones de mí me hace bastante gracia.
Porque, al final, todos vivimos un poco en versiones inventadas de los demás. Pequeñas ficciones. Interpretaciones bienintencionadas. Gente construyéndote a partir de detalles mínimos con una seguridad preocupante.
Y quizá no está tan mal.
Por eso ya no espero que acierten con los regalos, pero los guardo todos como un tesoro. Porque cada regalo equivocado viene con una historia. Una que puedes acabar contando entre risas con amigos, explicándole a tu madre por qué tienes siete peluches en la cama o intentando justificar por qué alguien creyó sinceramente que disfrutabas leyendo sobre criminales moralmente cuestionables.
Y, al final, he acabado cogiéndoles cariño.
A los regalos.
Y a las versiones extrañas de mí que viven en la cabeza de los demás.
Aunque algunas son bastante surrealistas.
Pero esa… ya es otra historia.

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