¡Hola, soy Sara Iren!
Hay una creencia bastante extendida de que las mejores historias empiezan cuando pasa algo extraordinario: un giro dramático, un accidente o una noticia que lo cambia todo. Como si la vida tuviera que hacer ruido para que merezca la pena prestarle atención. Nos empeñamos en buscar sucesos que aceleren el corazón o nos dejen sin aliento, como si solo entonces pudiéramos decir: vale, aquí está pasando algo.
Pero no.
Las mejores historias son las que te hacen sentir, aunque no tengan nada especial. No necesitan grandes comienzos, ni momentos épicos, ni versiones espectaculares de nosotros mismos. De hecho, si sabes mirar, descubres que incluso en la rutina, en lo aparentemente insignificante, hay algo que merece la pena ser contado.
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Un idioma que siempre estuvo ahí
Siempre me han gustado las historias. No solo las que están en los libros, sino las que ocurren mientras miras el móvil, las que nadie escribe, las que fácilmente uno se olvida… hasta que alguien te las recuerda.
Durante mucho tiempo me hicieron creer que imaginar demasiado no era buena señal. Como si la imaginación fuera lo contrario de la seriedad, como si una cosa anulara a la otra. Recuerdo a una profesora —a quien recuerdo con cariño— diciéndole a mi madre: «Sara tiene demasiada imaginación». No sé exactamente qué quería decir con eso, ni qué esperaba que cambiara. Pero el mensaje que llegó a casa fue claro: había que corregirlo. Había que crecer.
Y, al parecer, crecer significaba dejar de imaginar.




Nunca fui especialmente buena siguiendo normas que no entendía. Escuchaba, sí, pero también filtraba. Algo dentro de mí —llámalo instinto, llámalo criterio— siempre se quedaba con lo que tenía sentido y soltaba lo demás. Y la imaginación nunca me pareció algo que sobrara, sino algo que con el tiempo aprendí a escuchar.
Ahora sé que es un idioma.


